PREFACIO

Después de muchos inconvenientes, he escrito este libro debido a mi gran amor por los animales. He seguido los diferentes comunicados que el “Centro de Documentación” instituyó respecto a la relación que la Iglesia ha tenido y deberá comportar en el futuro, para resguardar a estas criaturas de Dios. Debí responder, asumiendo toda la responsabilidad, a algunas preguntas: ¿Por qué las naciones donde los animales son menos respetados y más cruelmente perseguidos, son aquellas naciones cristianas de Europa mediterránea y de América Latina?

¿Por qué el estrago de animales que se hace durante las fiestas religiosas de la catolicísima España, no sólo no es condenado, sino que se adhieren a este los patrocinadores de confraternidades y de parroquias, sin que la Autoridad de la Diócesis, salvo algunas raras excepciones, tenga algo que decir? ¿Por qué hay tanto desinterés e indiferencia, incluso en Italia, con respecto a la suerte del animal; en particular, en el modo de matar, lento y doloroso… al carnero, que cinco veces en la Misa se evoca para simbolizar al hijo de Dios?

¿Por qué el silencio absoluto de parte de la catequesis, por lo tanto también de la moral, sobre el comportamiento que el cristiano debería tener para con los animales? A éstas y a otras preguntas he intentado responder, indagando en la historia de la religión, en los dos Testamentos, en los Evangelios Apócrifos, en el Padre de la Iglesia y en el ejemplo del Santo, en particular de San Francisco y de San Felipe Neri.

Muchas son las publicaciones que se ocupan de los animales; hay de todos los tipos. Las más importantes son aquellas que se especializan en un tema específico: El sufrimiento de los animales, sus derechos, la vivisección, la justicia inter-específica, etc. Faltaba un libro que se dedicara al tema de la relación “Iglesia-Animal”, así como se ha desarrollado a lo largo de la historia.

Estoy convencido que el cambio para mejor presupone el conocimiento del comportamiento negativo y positivo que convive paradójicamente a través de muchos siglos hasta hoy.
La parte más notable de este libro es la documentación de diversas afirmaciones, en particular aquella que dice que Jesús de Nazareth no comió “el carnero pascual” y que la primera Iglesia cristiana era vegetariana (…) El precepto de no comer carne el viernes no es sólo una invitación a la penitencia sino el remanente de las maneras antiguas.

El amor por los animales es un nuevo “signo del tiempo” intuido por el movimiento ecologista y llevado adelante por quienes siempre acumulan conocimientos preciosos y los guardan. Vale para todos la experiencia referida por el naturalista Louis-Pierre Gratiolet en su tratado “anatomía comparada del sistema nervioso”. Un caballo viejo no podía alcanzar el pajar, ni masticar el heno con sus dientes consumidos, entonces los caballos jóvenes tiraban el heno y se lo introducían en el hocico después de haberlo masticado. ¿Cómo es posible continuar la creencia que los animales son un montón de moléculas?

Juan Pablo II en la “Sollicitudo rei socialis” le pide a los teólogos estudiar “una nueva relación hombre-animal”. En un discurso del 10 de enero de 1990, haciendo felices a los defensores de los animales, tanto a los creyentes como a los incrédulos, ha reclamado la enseñanza bíblica que dice: no sólo en el hombre, sino, también en los animales, existe el Soplo Divino”.
El creyente con una responsabilidad renovada, es llamado a tomar en serio la Creación. Tiene el deber de cultivar y custodiar, de llevar a cumplimiento todo cuanto Dios le ha dado en “regalo”. La paz del Dios creador es también la paz y salvaguardia de todo lo Creado.

Al interior de un humanismo completo, pienso que el único camino a recorrer después de las secuelas de un aparente “antropocentrismo” y de un “biocentrismo” que puede degenerarse en agnosticismo, es el “teocentrismo”, el camino metafísico (...), la vía de San Francisco. Sólo la fuente infinita pueda dar un valor a todo aquello que vive. Esta “nueva-antigua” teología de la Creación debe ser re-descubierta y rápidamente traducida a la fe. El vocablo “Universo” que etimológicamente deriva de “Uni-versus”, lo que es “verso l'Uno” hace brotar la fe de nuestros padres. Debemos volver hacia “El Dios Infinito” si deseamos comprender el misterio que está dentro de nosotros y de cada ser viviente.

Delante de una no aleatoria catástrofe cósmica, nos salvaremos todos, hombres y animales, si salimos juntos, en una verdadera solidaridad, dentro de esta nueva “Arca de Noé” que es el planeta Tierra.

Mario Canciani

EL EJEMPLO DE LOS SANTOS


Muchos son los Santos que han amado a los animales, manifestando su bondad hacia ellos de una manera u otra. Ya hemos visto como los amaba San Francisco. Hoy día, estamos descubriendo otra vez el “Cántico de las Criaturas” de este gran contestador del Doscientos.

En términos franciscanos “ante litteram” cantó el sol, el agua, el viento, las montañas, los pájaros, el fuego, en la estela del pensamiento hebreo que integró, en “un unicum”, la religión y la vida del cosmos.

El Salmo 148 cantó de hecho:

“Alabado sea el Señor de la tierra,

monstruos marinos y ustedes todos los abismos

ustedes fieras y todas las bestias reptiles y pájaros alados”

Y el libro del profeta Daniele:

“Bendigan, cuando se mueve en el agua,

el Señor, alabado y contento en los siglos.

Bendigan, pájaros del aire al Señor, alabado y ensalzado en los siglos.

Bendigan, animales todos, salvajes y domésticos, al Señor,

alabado y ensalzado en los siglos.”

Se podrían citar ejemplos de Santos que en cada ópera han amado a los animales, empezando desde los ermitaños del desierto.

Se cuenta que una hiena, que tenía su cría ciega, abrió con su cabeza la puerta del habitáculo adonde vivía San Macario de Alejandra.

El Santo curó de la ceguera de la cría y la madre, después haberla lactado, regresó al desierto.

San Simeone el Viejo, que vivía en soledad entre las bestias salvajes, mandó algunos leones, después de haberlos acariciado, para hacer de guía a algunos viajeros que habían perdido su camino. Otro delicado episodio es este: cuando murió San Paolo el Eremita, el discípulo San Antonio, no teniendo herramientas para excavar la tumba, llamó algunos leones que, después de haber llorado al lado del cuerpo del Santo, arañaron la tierra con sus uñas hasta hacer un sepulcro capaz de contener el cuerpo. Después lamieron las manos de San Atonio como para pedirle una bendición. Y él oró así: “Señor, dona a estos leones lo que Usted sabe que es lo necesario para ellos”.

En la Iglesia ortodoxa, San Serafino es uno de los Santos más populares

Vivía en el bosque de Sarov a fin de 1.700 y comienzo de 1.800. Enseñaba que: “… solamente quien sabe orar puede conocer el lenguaje de la Creación”. A la medianoche – cuenta un testigo ocular – osos, lobos, liebres, zorros, lagartos y reptiles rodeaban al ermitaño. Después de haber terminado sus oraciones según las reglas de San Pacomio, el asceta salía de su células y los alimentabas. A quien le preguntaba como podía ser suficiente el poco pan seco que tenía en su bolsa, le contestaba: “hay para todos”.

Entre los Santos, es famoso el dominicano hermano Martín de Porres, quien vivió en el siglo XVI y fue canonizado en el 1962 por el Papa Juan XXIII. Tenía un alma fraterna para con todos los seres, también con los privados de razón, susceptibles del sufrimiento y la angustia. Un día vió un ser herido y le dijo: “querías ser malo: sígueme y te curaré”. Lo mismo ocurrió con un gallo que se había roto una pata. Escribe un biógrafo: “Le había dado la orden de regresar donde él todos los días para ser curado y el gallo obedeció con precisión”. Su lástima no se limitaba solamente a los animales domésticos, se ocupaba también de los animales nocivos.

En el Convento se querían tomar medidas draconianas contra las ratas que roían todo lo que encontraban en la cocina, en la sacristía. El sufrimiento al pensar en el inminente exterminio de estos insoportables pero inocentes animalitos fue fuerte, y al encontrarse con uno, le dijo: “Pequeña hermana rata, ustedes aquí no están seguras. Ve y dile a tus compañeras de tomar alojamiento en el fondo del jardín. Me comprometo de ir a darles de comer, a condición que no vengan nunca más al convento”. Desde este día terminó cualquier carrera.

No es que todos los Santos tuvieron una símil sensibilidad. De San Bernardino de Siena, los históricos dicen que un día, mientras predicaba, un perro estaba atravesando la plaza, ciertamente no silenciosamente. El Santo, quien golpeaba a sus oyentes con palabras que parecían golpes de ballestas y de bombarda, empezó a gritar: “saquen a ese perro, denle una patada!”.

Quisiera referirme a un Santo muy querido para mi, porque ha sido mi predecesor en la Basílica de San Juan Bautista de los Florentinos, donde soy cura: San Filippo Neri, quien vivió a fin del 1.500.

De los “Actos del proceso de canonización” leemos: “No podía pasar por los mataderos por compasión; le llamaba la atención a los que golpeaban los animales; sufría cuando los veía vivos sabiendo que iban a ser matados, si los veía partir quería darles algo de comer, tanto a los de afuera como a los de adentro; las ratas, además, no quería que se las matara, quería que se las lleve afuera y liberarlas”.

“Hacían caricias a los animales símiles a los de San Francisco. Decía: si todos fueran de mi misma naturaleza, no se matarían”.

Mientras el monaguillo Francesco Gazzarra, de 21 años, estaba alistando la capilla por la Misa, encontró un pequeño gorrión y lo llevó donde el padre. “No lo presiones, no le hagas daño – dijo – abre la ventana y déjalo ir. Pero deberíamos cuidarlo, no sabría adonde ir”. No quería que se mataran las moscas tampoco. Le decía al monaguillo, abre la ventana y con el atizador sácalas afuera.

A los tratos y anécdotas sobre el amor auténticamente franciscano de San Filippo por los animales, muchos otros le añaden los actos de juicio. Una deposición atribuye a su intercesión incluso la resurrección de un gorrión solidario del Cardinale Cusani.

Una vez San Filippo vió al sacerdote Francisco Borzo matar un lagarto en el patio. “¡Cruel! ¿Qué le hacia ese animal?”.

El guardia Loys Ames depuso en el juicio que vió a un jilguero jugar con la barba del Santo. En otra ocasión, después de ver a un carnicero herir un perro con un cuchillo: “Empezó a quejarse varias veces, y dijo: Oh pobres animales, oh los pobres animales!; Ya esto – escribe Domenico Migliaccio, sacerdote nepesino – “Yo estuve presente, y de estas cosas fue y es voz pública y fama”. El canónico Germanico Fedeli de San Pietro, depuesto: “Yo he visto, varias veces, mientras iba por la calle, en coche, o a pie evitar perros, burros y otros, cuando podían ser pisoteados por cualquier coche, u otros peligros. Y cuando se presentaba algún pájaro, animal vivo, los donaba a personas, diciéndole, que no los matasen y que los mantengan vivos. Y, a su gata, que dejó en los cuartos de San Girolamo, cuando vino a vivir a la Vallicella, le mandó algo de comer una vez al día, hasta que vivió”.

Cuando le regalaron dos perdices: “Al enterarse que iban a morir, se alteró; y los mandó donde la Sra. Marquesa Rangona que lea cuidase, prohibiendo que se mataran”. Amaba una a perrita del Sr. Cardinale Cusano: “… y la tenía siempre en sus regazos, y lo mismo hacia con su gata”.

Otra afirmación interesante es la del abate de Sant’Eutizio a Norcia, Giacomo Crescenzi: “Por el espíritu que tenía, antes de dictar Misa, por reprimir la conmoción, tenía algunos perritos, allí en San Girolamo, y antes de dictar Misa se ponía a jugar con esos perritos. Y una vez, fue regañado por esto, por un sacerdote español, que no entendía, ni sabía porque lo hacía, aceptó la represión, y no dijo nada. Y que, para este efecto, tuvo todavía algunos pajaritos. Y por esto ocurría tanto a San Girolamo como a San Juan de los Florentinos”.

El preferido, entre los animales que Filippo amaba, era el perro “Capriccio”. Depone al juicio, el monaguillo Zazzara: “Otra cosa maravillosa me recuerdo, que el cardinal de Santa Fiore tenía un perrito que era su predilecto y cuando el m.s. Costanzo, maestro del hogar del cardinal, e hijo espiritual del p. Filippo, se fue a vivir con él, el perrito no quiso regresar donde el cardinal. Y el cardinal dijo: “No le satisface de llamar a él los hombres y personas humanas: quiere llamar a él los animales también”; y en un principio lo tomó a mal; y el padre lo mandaba a traer a su casa, y no obstante todo esto, el perro siempre regresaba hasta que murió en el cuarto de San Filippo. A pesar, como depuso Germanico Fedeli, a “Capriccio” le llevaban de comer a la mesa del cardinal “carne de gallina y otras carnes delicadas, y se le daba para beber en copas de plata, mientras que el perro era grande como una liebre, de pelo blanco con algunas manchas rojas, y el Padre Filippo, normalmente, no le daba al perro más que pan y, de vez en cuando, alguna galletas”.

San Filippo caminaba con el perro por el barrio Ponte. El Santo lo utilizaba para mantener en humildad a sus seguidores. Un canónico de Palestrina, tal Francisco Pucci, afirmó: “En su cuarto no había más que la cama, algunos pájaros y su perro Capriccio. Un día, para mortificarme, me lo hizo llevar en los brazos. Yo tenía un sotana nueva y se llenó de pelos de Capriccio…”.

El perro, envejeciéndose se hizo feo. El Cardinal Tarugi, que junto con sus hermanos espirituales tuvo que cuidarlo, sólo para obedecer al Padre, escribió este curioso epitafio:

“Rey de los otros extraordinariamente perro arrogante,

que de orgullo y envidia el mundo llenaste,

ahora ciego y viejo en tierra caíste,

de quien al cielo levanta a cada hombre aspira las manos,

suenan de alegría las campanas,

se escuchan nuevas músicas y tú entre las canastas

de ortigas y ramitas estás acostado y no te das

cruel flagelo de las manos humanas

si que ahora contenta es el Aniumuccia y los restos

de tus enemigos, perro mastín y fiero,

pero eran más si tu morías más pronto

hace fiesta y disfruta el siglo y el clero

y perros, y gatas.

Sólo se encuentra

el cadáver tuyo frágil y negro

no nos dará más, espero

tentaciones y tormentos, así como lo hiciste.

Lo que te pasó a ti, que le pase al gato también”.

San Filippo no debe haber sonreído al escuchar estas palabras. Amaba mucho “Capriccio” para no pensar de re encontrarlo un día en el Paraíso.


EL FUEGO Y EL CÁLIZ

El historiador alemán Franz Susman, estudioso de la relación Iglesia-Animales, me vino a ver con el amigo Bruno Mertens, creador de un singular centro de meditación budista. Me contó un sueño que su mujer Gabrielle, particularmente dotada de capacidad sensitiva, había tenido recientemente. Como en una visión había atisbado, lo que después interpretó como el gran sufrimiento de los animales. El medio ofrecido desde lo alto para extinguirlo era un cáliz misterioso que representaba a la iglesia.


“Esto que Ud. está haciendo, como habíamos leído en el periódico alemán, me dijo mi amigo profesor, es el inicio de esta gran obra de liberación por parte de la Iglesia”.


Mi iniciativa a favor de los animales es muy modesta para ameritar esta alabanza. Permanece cierto, de todos modos, que la Iglesia en nuestros días esta llamada como nunca para participar de este gran compromiso.

¿Qué cosa puede hacer la Iglesia? El estudiante de la biblia debe aclarar el sentido profundo del primer capítulo del Libro del Génesis en oposición a otras interpretaciones de la biblia.


El teólogo debe acoger la invitación de Juan Pablo II en la “Sollicitudo rei socialis” para estudiar un nueva relación hombre-animal.


Se deben re-estudiar en conexión con este problema, los documentos del Magisterio y del Concilio, los testimonios de los Padres de la Iglesia y el comportamiento de los Santos en particular de San Francisco, la teología medieval, la filosofía cristiana, y también la contribución del pensamiento laico.


Los párrocos y los otros sacerdotes, en la prédica y en la catequesis, especialmente a los niños, no pueden olvidar más el incluir el respeto, la protección y el cuidado de los animales, de estos “hermanitos más pequeños”, como los llamaba el “pobre de Assisi”.


Los animalistas de cada creencia son reconocidos en las intervenciones de Juan Pablo II, en favor del “valor de los animales”.


En Valencia, España, donde me han llamado a comentar la palabra del Papa sobre el “soplo divino” que está presente también en los animales y no solamente en el hombre, me demandaron bruscamente si esto no era una especie de “marketing” de parte de la Iglesia. En Italia, similarmente escribieron que “el Papa se tiñó de verde.”


Este observar que la Iglesia debe hablar al hombre de hoy leyendo, como afirmaba el Papa Giovanni XXIII, los “signos del tiempo”. La explicación que es dada en el ley, que en su “historia de la moral en Europa” dice: “al inicio se resguarda solamente el núcleo familiar, después el círculo se expande e incluye primero una clase, después una nación, después un conjunto de naciones, por fin toda la humanidad, al final su influjo de deja sentir en la relación del hombre con el mundo animal...”.


Los estudios y la nueva conciencia a nivel planetario suscitan hoy especialmente entre los jóvenes un interés que no existía antes, a favor de este paso final en la expansión del círculo ético. De un modo diverso en muchos, dentro del partido o la ley, toman parte en favor de la liberación animal. Este fenómeno totalmente reciente traza un horizonte moral para nuestra propia especie y abre una etapa significativa de la ética humana.


Incluso en la Iglesia no se está más cierto de alguna posición exageradamente antropocéntrica. Somos diversos, exploramos la debilidad naciente en muchas convicciones éticas que antes parecían a primera vista evidentes. El cristianismo no es una religión sobre lo particular, de un saber truncado y reducido. El evangelio tiene una dimensión propia que se declara planetaria en frente a la creación.


Preguntamos con pena por qué el Concilio Vaticano II y los ecologistas actuales no han recogido todavía los frutos de este particular ecumenismo cósmico. Culturalmente cualquiera en esta sociedad pluralista, se hace una idea personal del puesto que ocupan los seres que forman parte de la naturaleza. La protección se expone a valoraciones arbitrarias.


Cualquier legislador ha definido a los perros como “objetos que se mueven”. Aunque se ha intentado corregir este exceso de visión mecánica, se ha hecho con imprecisión y variaciones. En general siempre permanece ausente un concepto definido de orden espiritual.


¿Es que los animales no tienen derecho a una definición de valor fundada en la fe y en la ciencia? La ausencia de los cristianos en este campo refleja una cultura arcaica que polariza al hombre por sobre las otras especies del ambiente.


A pesar de que los laicos han apreciado las recientes intervenciones de Juan Pablo II a favor de los animales, en la Iglesia no todo se ha profundizado, ni comprendido. El creyente debe renovar la conciencia de su rol y del sentido de responsabilidad que debe tener el mundo. Se precisa un gran cambio, no sin una previa investigación teológica o bíblica.


La exploración de todas las dimensiones de la vida, la profundización espiritual del sentido de nuestras relaciones con la totalidad de los vivientes, la invitación a poner fin a ciertos tratamientos abominables infligidos a los animales serán algunas de las grandes riquezas del cristianismo del mañana.


El mensaje todavía desatendido que viene del Concilio Vaticano II dice estupendamente: “el hombre puede y debe amar las criaturas de Dios. De Dios las recibe las cuida y las honra como si en el presente salieran de las manos de Dios”.


LA LARGA NOCHE


“Y Dios vio que era muy buena” afirma el primer libro de la biblia, el Génesis, después que cada creación singular era realizada en el cosmos. Los redactores de las fuentes sacerdotales que escribieron circa el siglo V a. C., en la época del exilio, no sospechaban que la creación pudiese haber sido de otro modo.

Cuando éramos jóvenes, sobre la tapa de nuestra biblia se daba una fecha, el año 4004 a. C. para la creación de la tierra. No sé con qué argumento Usher, en el 1600, lo pudo fijar. Otros, incluidos los Hebreos, aseguraban fechas distintas con iguales pretensiones de precisión.

Con argumentos bien poco convincentes los estudiosos hablan hoy día de cuatro mil quinientos millones de años. Los hombres de la Iglesia más cultos se encontraron de frente a una situación que requería una nueva profundización y una lectura distinta de la biblia.

Ingeniosamente, para captar toda la lentitud de esta elevación hacia el más perfecto, algunos autores han inventado un esquema notable. La edad de la tierra 4500 millones de años, puede ser reducida a un año. De enero a noviembre, durante la era “pre cambriana”, existe el silencio cósmico y ninguna traza de vida.

En un museo londinense se observa con facilidad, la cabeza de un dinosaurio herida con los grandes dientes de una especie adversaria más fuerte que ellos. En el fango hoy petrificado se puede constatar la huella de mucha agonía (…).

En la biblia hay una escrupulosa interpretación religiosa, declaradamente teológica, de la aparición de la vida en la tierra. Cómo explicar esta larga carnicería que se consumó en millones de tragedias, como si viniesen escritas de los científicos.

Cierto es, hay una trayectoria en la naturaleza, el propósito de andar siempre más adelante. Al costo de caminar sobre montañas de cadáveres, que tienden a salir siempre más arriba. (…)

En la carnicería de la prehistoria no hay un caos. Si se diera en verdad el caso de la variación biológica, no podría ser objeto de ciencia. Si podemos establecer la época en que aparecen las diversas estructuras y se distinguen las especies entre millones de otras, sobre todo si la evolución no está comprobada, y que esta carnicería obedece a un diseño.

Transmitir la vida, así simplemente, sin importar a qué costo o en qué condiciones, para que otros seres continúen viviendo con mayor información y experiencia, ha sido el logro de un innumerable ejército de animales de las formas más variables y ha sido el motivo de su existencia. Sería inútil preguntarse si Dios podría haber organizado el mundo de otro modo.

(...) El diseño de la evolución previó la técnica de la diferenciación: la coraza y la cola en forma de clavos para el Anquilosauro, los casi dos mil dientes del Iguanodonte, las formas del pez que favorece la rapidez del nado (…).

Ninguna criatura nacida en un ángulo del bosque o en alguna laguna se le ha olvidado a Dios (…).

Seguramente será necesario redimensionar el concepto del hombre como quien hereda la grandeza y la miseria del pasado (…).




SÍMBOLOS Y ARQUETIPOS


Cada cosa en cuanto a tal es un fragmento. Está abandonada en su individualidad. Está separada de todas las otras. Está cerrada en sus confines. Es una cosa y no todas las otras cosas. ¿Cómo puede ser ahora reconducida a la fuente universal de donde viene y ser la transparencia en el mundo?


Símbolo viene del griego σύμβoλoν (…), atrapar, enlazar. Un gesto del hombre, una planta, un animal, una palabra, incluso un objeto de arte, pueden encontrar su complemento en el todo universal. Por ello el símbolo es la base de toda dinámica iniciática y religiosa, a través de un movimiento de ascensión, de lo visible hacia lo invisible, hasta llegar a la interpretación espiritual, no alegórica, sino que analógica.


Las imágenes y los símbolos no son un expresiones irresponsables de la psiquis; responden a una necesidad y tienen una función, la de anudar la más secreta modalidad del ser. Para Baudelaire, el universo es un “bosque de símbolos”. Para Jaspers, el mundo es una “escritura descifrada” de la trascendencia.


Para permanecer en el campo de los animales, nos referiremos al “Bestiario” de Leonardo, en donde se describen las virtudes ocultas de los animales y plantas y sus significados simbólico-religiosos.


En la difusión de este libro, en las áreas de las lenguas latinas y de las lenguas romanzas y germanas, ha influido por siglos el arte figurativo de los libros de medicina. Se encuentran en el ámbito de los animales los mismos vicios y virtudes que en el hombre, como ayuda para descubrir el juego de las fuerzas naturales que agitan analógicamente a todos los seres vivientes.


El gran Leonardo, con profunda interpretación psicológica, sostiene que los animales operan, algunas veces, sólo por instinto como la hormiga, que por naturaleza encuentra su camino y que, otras veces, son plenamente conscientes de sus actos con una libertad de acción que incluye la posibilidad de equivocarse, de corregirse y de castigarse. El lobo si a pesar de sus precauciones da un paso en falso, se muerde para corregirse de su error. Hay sociedades de animales presentadas como reinos sabiamente gobernadas por un rey, obedecidos por sus súbditos que se comportan con leyes y sanciones inflexibles.


Para Leonardo, también entre los animales se encuentren instintos buenos y malos: la alegría del gallo, la tristeza del cuervo y la generosidad del halcón. (…)


Hasta hoy no se ha profundizado suficientemente en el motivo de la mezcla de símbolos animales en las religiones más diversas del mundo (…).


Jung ha delineado el umbral incalculable de esta suerte de memoria acumulada en el inconsciente y de los arquetipos que son el producto de una cultura universal. El psicoanálisis, la etnología, la antropología, han estudiado el nexo que une a los hombres con casi todo lo que está bajo el cielo. También en los ambientes más distantes entre ellos, y por lo tanto sin posibilidad de contacto, se han constatado los mismos signos.


El simbolismo románico, por ejemplo, es en occidente un punto de encuentro de toda una tradición simbólica que para cualquier especialista se origina en las cavernas prehistóricas. Se tiene la impresión unas veces que los símbolos atravesaban los siglos; por ejemplo, los ancestros de Ur o del “nudo de serpientes”, de raíz mesopotámica, tiene una evidente correspondencia en la China y en la América Precolombina (…)


En Oriente tenemos el elefante, símbolo de Ganesh, símbolo de la sagacidad; la oca, mensajera entre el cielo y la tierra; el águila Garuda, cabalgadura de Vishnu, portadora de luz y de palabras elevadas; la vaca sagrada, símbolo ancestral del universo.


Egipto evoca el símbolo del buey, también del gato (...) que eran momificados para volverlos inmortales. En particular el asno era símbolo del dios Set, la personificación del caos, que provenía del dios solar Horus representado por un halcón. El fénix era asociado a Osiris, dios de la resurrección.


En el mundo griego, en el Peloponeso, (…) el gallo era el emblema de Hermes protector del comerciante; los delfines, emblema de Delfos (…). En los museos de Delfos y Micenas se pueden observar sus representaciones escultóricas. Es notable que los delfines contemporáneamente se veneren también en Escandinavia y los países bálticos.


En el mundo latino primaba la loba “madre de los Romanos”, seguida de otros animales que eran llamados Giove Ammone, creadores y regentes del mundo.


Todos estos animales han sido también inspiración para iconografía cristiana. En el Medio- evo existían los “bestiarios” que contenían el elenco de la facultad real o simbólica de los distintos tipos de animales. También la arquitectura sagrada estaba inspirada especialmente en la románica.


San Bernardo definió estos motivos que decoraban los capiteles y pórticos. Hubo la famosa reacción cisterciense que recuerda al movimiento iconoclasta del siglo VIII. Los monjes contemplaban: ¿A qué se deben estos bellos errores, estas muestras ridículas y estas horribles bellezas? En todas partes se encuentran una gran y estupefaciente variedad de formas sobre el mármol y los manuscritos de modo que podría pasar el día entero admirando una cosa u otra sin meditar en las leyes de Dios.


La interpretación de los símbolos continuaba como un gran problema tanto más porque la masa popular tenía fantasmas, magos, terrores ancestrales cuyos símbolos constituían el soporte y ambigüedad de los viejos mitos. El mismo libro del Apocalipsis, lleno de imágenes de animales, hizo llorar a san Giovanni, quien no pudo abrirlo y lo dejó cerrado con siete sellos





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